CURIOSIDADES
Cuando el saber ya no basta
Cristina Jiménez Savurido. Presidente y fundadora de Fide.
Hubo un tiempo en el que el itinerario parecía sencillo. Estudiar una carrera, completar un buen posgrado, incorporarse a un despacho o a una empresa y aprender el oficio de quienes llevaban décadas ejerciéndolo. El conocimiento era un patrimonio escaso y quien lograba adquirirlo poseía una ventaja competitiva que podía acompañarle durante toda una vida profesional.
Ese mundo ha desaparecido.
No de forma brusca ni por una única causa. Ha ido desvaneciéndose silenciosamente mientras la tecnología alteraba las reglas del juego con una velocidad desconocida. Seguimos estudiando en las universidades, seguimos obteniendo títulos y seguimos acumulando conocimientos. Lo que ha cambiado no es la necesidad de aprender, sino el valor relativo de aquello que aprendemos.
Durante siglos el conocimiento fue un bien escaso. Hoy lo escaso es otra cosa.
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Nunca en la historia había resultado tan sencillo acceder a la información. Millones de libros, artículos, sentencias, estudios científicos o bases de datos están disponibles de manera inmediata. La inteligencia artificial localiza precedentes, resume tratados, compara resoluciones judiciales y responde preguntas complejas en cuestión de segundos.
Pero esa extraordinaria abundancia encierra una paradoja de enorme trascendencia.
Durante generaciones el problema consistía en encontrar información. Hoy el problema consiste en sobrevivir a su exceso. Vivimos rodeados de datos, informes, opiniones, publicaciones y respuestas instantáneas. Nunca habíamos dispuesto de tanto conocimiento potencial y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil distinguir lo verdaderamente importante de lo accesorio.
La economía enseña una lección sencilla: el valor siempre termina desplazándose hacia aquello que es escaso. Si la información ha dejado de ser escasa, el recurso verdaderamente limitado pasa a ser nuestra atención. Y cuando la atención escasea, también comienza a escasear el criterio.
Ésta es, probablemente, la gran paradoja intelectual de nuestro tiempo: la abundancia de información genera escasez de atención; y una atención dispersa termina produciendo escasez de criterio.
Precisamente por ello, el activo más valioso del futuro ya no será acumular conocimientos, sino saber interpretarlos. No será almacenar más información, sino distinguir la relevante de la irrelevante; separar el ruido de la señal; comprender antes que memorizar.
Esta transformación afecta a todas las profesiones, pero pocas la perciben con tanta intensidad como las jurídicas.
Durante generaciones el prestigio del jurista descansaba, en buena medida, sobre su capacidad para conocer mejor que nadie las normas, la jurisprudencia y la doctrina. Ese conocimiento continúa siendo indispensable, pero ha dejado de ser suficiente. Las máquinas podrán almacenar más información, localizar más sentencias y procesar más documentos que cualquier profesional. Lo que difícilmente podrán sustituir será la capacidad de comprender el contexto, valorar las consecuencias, integrar conocimientos procedentes de disciplinas distintas, anticipar riesgos y adoptar decisiones prudentes cuando la realidad ofrece más incertidumbres que certezas.
La cuestión decisiva ya no consiste en quién sabe más.
Consiste en quién comprende mejor.
Comprender significa relacionar disciplinas, interpretar contextos, formular las preguntas que todavía nadie ha formulado y ejercer un juicio equilibrado cuando no existen respuestas evidentes. El jurista del futuro no destacará por acumular más información que los demás, sino por convertir la información en conocimiento, el conocimiento en criterio y el criterio en buenas decisiones. Ésa será la auténtica ventaja competitiva en un mundo donde casi todos tendrán acceso a las mismas respuestas, pero muy pocos serán capaces de formular las preguntas adecuadas.
Tal vez por eso convenga revisar una de las creencias más arraigadas entre quienes comienzan su vida profesional: pensar que la universidad entrega una profesión.
No es cierto.
La universidad entrega algo mucho más modesto, aunque igualmente valioso: proporciona el punto de partida para construir una profesión que habrá de reinventarse continuamente.
El título universitario ya no representa la culminación del aprendizaje. Representa apenas la licencia para comenzar a aprender de verdad.
Ésa es la diferencia esencial.
Muchos jóvenes llegan al mercado laboral convencidos de que el grado y el posgrado constituyen la parte más difícil del camino. La realidad es exactamente la contraria. Nunca volverán a aprender tan despacio como durante la universidad. A partir de ese momento tendrán que hacerlo mientras trabajan, mientras cambian las herramientas, mientras aparecen nuevas tecnologías y mientras desaparecen otras que parecían imprescindibles apenas unos años antes.
La carrera profesional dejará de ser una línea recta para convertirse en una sucesión de adaptaciones. Habrá que comprender economía para entender a las empresas; tecnología para dialogar con quienes la desarrollan; estadística para interpretar la evidencia; psicología para negociar; comunicación para persuadir; gestión para dirigir organizaciones. Cada disciplina aportará una pieza distinta de un mismo puzle: comprender una realidad cada vez más compleja.
Por eso resulta tan engañosa la obsesión contemporánea por acumular títulos. Los títulos acreditan conocimientos adquiridos en un momento determinado. El verdadero valor profesional reside, sin embargo, en la capacidad para seguir aprendiendo cuando esos conocimientos han empezado ya a quedarse obsoletos.
La formación deja entonces de ser una etapa para convertirse en una actitud.
Y quizá sea precisamente la actitud el factor más decisivo de todos.
No entendida como un recurso retórico propio de los discursos motivacionales, sino como una disposición permanente a cuestionar las propias certezas, a cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige, a estudiar aquello que todavía no sabemos y a aceptar con naturalidad que ninguna carrera profesional volverá a ser estable durante cuarenta años.
Las organizaciones empiezan a comprenderlo. Cada vez buscan menos personas que sepan responder preguntas conocidas y más profesionales capaces de desenvolverse cuando nadie conoce todavía la respuesta. Porque, en un mundo donde la información se ha democratizado, la diferencia ya no la marcará el acceso al conocimiento, sino la calidad del juicio con el que ese conocimiento se utilice.
Quizá ése sea el mejor consejo que pueda darse hoy a quien comienza una carrera jurídica.
No estudies únicamente para aprobar.
Ni siquiera estudies sólo para ejercer una profesión.
Estudia para convertirte en una persona capaz de seguir aprendiendo cuando todo lo aprendido haya empezado a quedarse viejo.
Porque las tecnologías cambian.
Los modelos de negocio cambian.
Las profesiones cambian.
Incluso el conocimiento cambia.
Lo único que conserva siempre su valor es el criterio para comprender un mundo que nunca dejará de transformarse.
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