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CURIOSIDADES

¿Ha evolucionado tu imagen profesional tanto como tu carrera?

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Lledó Visenti: ¿ha evolucionado tu imagen profesional tanto como tu carrera?

Lledó Visenti. Especialista en Imagen Personal 

Seguramente jamás te plantearías acudir en chándal a una entrevista para un puesto de abogado, así como tampoco elegirías un traje de chaqueta para acudir a una oferta de profesor de pilates.
 
De manera casi inconsciente, adaptamos nuestra forma de vestir al entorno profesional, porque sabemos que nuestra apariencia influye en la primera impresión que generamos.
 
Algunos estudios señalan que bastan siete segundos para formarnos una opinión de una persona a través de su imagen. Aunque esta primera impresión no siempre sea acertada, el dato ayuda a comprender la rapidez con la que interpretamos la información visual, y la importancia de cuidar nuestra apariencia.
 
Pero ¿qué ocurre una vez que hemos conseguido el puesto que tanto deseábamos?
 
A medida que desarrollamos nuestra carrera, asumimos nuevas responsabilidades, lideramos equipos,participamos en negociaciones, intervenimos en procedimientos judiciales, e incluso representamos a nuestro despacho ante distintos interlocutores. Nuestras competencias evolucionan, nuestra experiencia crece y nuestros objetivos profesionales cambian.
 
Actualizamos nuestros conocimientos, creamos una red de contactos que nos ayude a conseguir nuestro propósito y, por supuesto, nuestro perfil de LinkedIn refleja dicha evolución. Pero ¿hacemos lo mismo con nuestra imagen?
 
Seguramente no. En muchos casos, nuestra imagen permanece estancada en la etapa en la que comenzamos nuestra trayectoria, sencillamente porque no nos hemos detenido a reflexionar sobre cómo puede acompañar nuestro desarrollo profesional.

Vestir conforme a los códigos establecidos no es lo mismo que vestir con intención

Respetar los códigos de vestimenta profesionales es condición necesaria, pero no suficiente, para transmitir el mensaje que deseamos. Vestir intencionadamente implica tomar decisiones conscientes sobre nuestra apariencia, en función del contexto, de los objetivos y de la percepción que queremos proyectar.
 
Imaginemos dos abogadas que trabajan en el mismo entorno corporativo y tienen una reunión importante ante un Consejo de Administración. Ambas desean proyectar seguridad, autoridad y expertise en la materia.
 
Una de ellas, consciente de la importancia del poder de la imagen, elige un traje sastre marrón oscuro, de líneas estructuradas, acompañado de accesorios discretos. Ningún elemento está dejado al azar, y cada elección responde a una decisión consciente acerca de cómo quiere presentarse.
 
La segunda, por su parte, opta por una camisa blanca, una americana beis, un pantalón verde oscuro y unos zapatos marrones. A priori es igualmente adecuado para la ocasión, pero responde a sus preferencias habituales, sin existir una reflexión previa sobre el mensaje que quiere transmitir.
 
La preparación, experiencia y capacidad de negociación serán determinantes para ambas. Sin embargo,incorporar en la preparación de la reunión la imagen permite alinear también la comunicación no verbal con los objetivos profesionales.
 
Equilibrio entre profesionalidad e identidad, ¿es posible?
 
Ahora bien, adaptar nuestra imagen a nuevas responsabilidades no significa vestir de manera cada vez más formal ni renunciar a nuestro estilo personal.
 
De hecho, cuando nuestra imagen profesional se aleja demasiado de nuestra identidad, podemos sentir que estamos interpretando un papel con el que no terminamos de identificarnos. Los códigos de vestimenta profesionales establecen ciertos límites, pero también dejan espacio para la expresión personal. La clave está en encontrar un equilibrio entre lo que el contexto requiere y lo que nos hace sentir nosotros mismos.
 
Una misma profesión, diferentes escenarios
 
Precisamente dentro de la abogacía encontramos escenarios muy diferentes. Una intervención judicial exige respetar determinadas normas de vestimenta, incluido el uso de la toga cuando corresponde. Una negociación corporativa requiere adaptar la formalidad a sus interlocutores, mientras que participar en una mesa redonda puede demandar una presencia que favorezca la conexión con el público.
 
Y esto no significa que tengamos que construir una personalidad diferente para cada ocasión, sino aprender a adaptar una misma identidad profesional a diferentes situaciones, en función del objetivo que pretendamos conseguir en cada una de ellas.
 
Volvamos con nuestra primera abogada. Días después de la reunión corporativa, participa como ponente en una jornada dirigida a estudiantes para presentar el bufete y captar talento. En esta ocasión, su objetivo es transmitir cercanía y accesibilidad sin perder profesionalidad.
 
Por ello, en lugar del traje estructurado opta por otro de líneas más fluidas, una combinación cromática más suave y elige dar más protagonismo visual a los labios mediante un maquillaje definido, facilitando que esa zona del rostro destaque durante su intervención. El objetivo no es cambiar quién es, sino adaptar su imagen al mensaje que necesita comunicar en este contexto.
 
De la intención a la práctica: el papel de la asesoría de imagen
 
A estas alturas del artículo, probablemente surja la pregunta de cómo identificar qué elementos de nuestra imagen nos ayudan a transmitir aquello que buscamos. Aquí es donde la asesoría de imagen aporta el valor diferencial.
 
El primer paso reside en comprender la identidad, estilo de vida, preferencias y entorno profesional de cada persona, así como los objetivos laborales y qué quiere transmitir a través de su imagen en cada situación concreta.
 
A continuación, trabajo para reducir la distancia entre cómo se percibe la persona y cómo realmente desea proyectarse. Para ello utilizo diferentes herramientas técnicas:
 
  • La colorimetría: permite estudiar las características cromáticas de la persona y buscar combinaciones de color que armonicen visualmente con ella.
  • El visajismo y la morfología: ayudan a identificar las proporciones, líneas y volúmenes de las prendas que resultan más adecuadas tanto para su rostro como para su cuerpo.
  • El análisis de estilo: permite comprender con qué códigos estéticos se identifica y cómo adaptarlos a sus necesidades laborales, encontrando un balance entre ambas.
La finalidad última no es imponer una nueva forma de vestir, sino proporcionar herramientas, criterio y recursos para que cada profesional pueda tomar decisiones conscientes, autónomas y coherentes con su desarrollo profesional y su identidad.
 
Así que, si a lo largo de nuestra carrera profesional dedicamos tiempo a ampliar conocimientos, desarrollar nuevas habilidades y mejorar nuestra comunicación verbal, ¿por qué no invertimos el mismo tiempo en cuidar nuestra imagen como herramienta de comunicación no verbal?
 
Sabiendo que nuestra imagen comunica de una forma u otra, empecemos a utilizarla de forma estratégica para que evolucione y nos permita proyectar de forma coherente y auténtica quiénes somos y hacia dónde queremos dirigir nuestro futuro profesional.

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