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CURIOSIDADES

Dos equipos, una carrera

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Davinia Sánchez de la Cruz. Socia directora de Kepler—Karst Law Firm. 

Cuando estaba en la facultad de Derecho me imaginaba la vida de una abogada de película. Maletín, café, oficina con vistas, discurso brillante en sala. ¿Quién de mi generación no se imaginó siendo Ally McBeal, aunque fuera un poco? Nadie en ese momento me explicó que, para llegar a algo parecido a eso —si es que llegas—, antes tienes que pasar por años de trabajo bastante menos cinematográfico, noches encadenadas a expedientes después de acostar a tus hijos, y ojeras. Muchas ojeras. Eso también es la carrera. Y cuanto antes lo asumas, mejor. Hoy en día me imaginaria siendo otra abogada, más real que Ally Mc Beal, que las hay y vaya que las hay. 

Lo que tampoco te cuentan en la facultad es que, por ser mujer, te van a exigir más. No es una queja, es un dato. Vas a tener que demostrar continuamente que no solo puedes, sino que te mereces estar ahí, pese a tener tres hijos, un marido, amigos, familia y varios hobbies, que forman parte de mi vida como la de abogado. Que la vida no se detiene porque uno haya elegido una profesión exigente. La carrera de una abogada —con contadas excepciones— es una dura carrera de fondo, y eso supone estar presente en las reuniones fuera de horario, con el teléfono disponible los fines de semana, acudir a comidas de trabajo que no siempre apetecen. Supone, al menos en apariencia, un choque frontal con esa palabra maravillosa que tanto me gusta: conciliar. La buena noticia es que no es incompatible. Solo es más complicado de lo que te dijeron.

Si tuviera que dar un único consejo a alguien que empieza hoy, sería este: rodéate de un buen equipo en lo profesional, pero también en lo personal. Debe haber equilibrio entre los dos equipos. Si no, la cosa no funciona. Esto no lo leí en ningún libro de gestión ni lo aprendí en ningún máster. Lo aprendí viviéndolo. El equipo personal —la pareja, la familia, los amigos de verdad— no es el contexto en el que ocurre tu carrera. Es parte de la infraestructura que la hace posible. Sin ese sostén, muchas de las decisiones valientes que luego te definen, no habrían sido posibles.

Yo soy de Gran Canaria. Hay algo en crecer con el mar embravecido cerca que te enseña a leer bien las corrientes y a no entrar donde no debes. Mis mejores recuerdos son los veranos en Pozo Izquierdo, mi amigas, mi colegio y los viajes familiares. eso, para mí, también es el éxito. Y no creo que eso compita con la ambición profesional. Creo que la alimenta.

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Kepler-Karst nació en pleno confinamiento. El contexto no podía ser más extraño: las calles vacías, la incertidumbre por todos lados, y nosotros decidiendo fundar un despacho. Pero no lo hicimos solos. Lo hicimos junto con buenos amigos y compañeros, personas en las que confiábamos y con las que queríamos construir algo distinto. Eso es lo que me salvó de la parálisis del momento: no la valentía individual, sino la confianza en el equipo. Si lo logramos, fue gracias al trabajo, a la dedicación, a la paciencia y al entusiasmo de todos. También a un poco de suerte, que siempre ayuda, y a habernos encontrado con gente maravillosa en el camino.

Cuando decidas dar un paso así —o cuando simplemente elijas en qué despacho trabajar, con qué socios comprometerte, a quién pedirle consejo—, no subestimes ese factor. Las personas con las que compartes el trabajo cotidiano te forman tanto como cualquier experiencia profesional. Elige bien.

Hay otra red que nadie te enseña a construir y que, en mi caso, ha sido esencial: la red entre mujeres. Cuando empecé a ejercer, no existía nada parecido a lo que es hoy WLW — Women in a Legal World. Era un sector donde las mujeres competíamos entre nosotras porque el espacio parecía escaso. Lo que he aprendido con el tiempo es que esa escasez era, en parte, una ilusión fabricada. Cuando las mujeres del sector jurídico nos apoyamos, nos mentoreamos, nos visibilizamos y nos recomendamos, el espacio se expande.

No estoy hablando de corporativismo vacío. Estoy hablando de algo muy concreto: de una llamada cuando alguien está dudando si aceptar un caso difícil, de una recomendación cuando un cliente necesita a alguien fuera de tu especialidad, de compartir lo que sabes sin miedo a que otra lo aproveche mejor que tú. Las mujeres que han llegado antes tienen la responsabilidad —y, creo, el deseo genuino— de abrir camino a las que vienen detrás. Eso es lo que intento hacer. Eso es lo que intento que Kepler-Karst represente también.

La carrera no es un sprint, aunque en los primeros años lo parezca. Hay momentos en los que todo el mundo parece avanzar más rápido, tener más claro adónde va, acumular más en menos tiempo. Esos momentos existen y son incómodos. Lo que te salva no es acelerar sin dirección, sino tener una brújula. No hace falta saber exactamente adónde vas a llegar. Hace falta saber qué clase de profesional quieres ser y qué tipo de trabajo tiene sentido para ti.

En mi caso, la brújula siempre tuvo cinco puntos: valentía, honestidad, cercanía, trabajo y expertise. No son palabras para una web. Son la respuesta que me di cuando me pregunté qué quería ser y qué no quería ser, después de haber visto suficientes modelos de cerca. Si tienes eso claro, las decisiones difíciles —las que dan vértigo— se vuelven más fáciles. No fáciles. Más fáciles.

Si estás empezando, no busques el camino más rápido. Busca el que tenga los mejores compañeros de viaje: en lo profesional y en lo personal. Domina tu oficio antes de querer cambiarlo. Pide consejo sin vergüenza. Y, cuando alguien te tienda la mano, acéptala. Y luego devuélvela.

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