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CURIOSIDADES

¿Y si nos equivocamos? La ansiedad profesional de los jóvenes juristas

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María Pérez Arias, Recién graduada de Derecho y Administración de Empresas en la Universidad Pontificia Comillas.

Recién graduados, con un título bajo el brazo y una pregunta que no para de crecer:

¿Qué hago ahora? ¿Y si me equivoco? ¿Cuál es la mejor decisión?

No son preguntas abstractas. Son las que aparecen cada vez que alguien nos pregunta por nuestros proyectos futuros tenemos y no sabemos qué contestar. Parece que todos nuestros compañeros tienen un plan ya totalmente trazado con precisión y en proceso de ejecución. Los que no van a cursar un doble máster de especialización en universidades de prestigio empiezan a trabajar en Big Law mientras hacen el máster de acceso a distancia. Ya saben en qué despacho y departamento quieren hacer carrera, o ya tienen preparador y academia para empezar a opositar.

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Durante los años de formación universitaria, da la sensación de que los mejores y más brillantes perfiles de la clase han tenido siempre claro su camino profesional. Desde primero de carrera sabían:

  • qué rama del derecho les interesaba más
  • dónde querían hacer prácticas
  • cómo y dónde construir el famoso networking
  • qué herramientas necesitaban para conseguir sus objetivos

Normal que, con dieciocho años y el nombre «Garrigues» sonando por primera vez, uno trate de autoconvencerse de que el camino se irá definiendo solo. Pero llega la graduación y la realidad es otra: muchos seguimos igual de perdidos, con las mismas dudas, la misma incertidumbre y, sobre todo, el mismo miedo a equivocarse.

 

La presión de saberlo todo ya

La cultura de la inmediatez y la obsesión generalizada por el éxito profesional precoz contribuyen a esa necesidad de tenerlo todo bajo control en un plan minuciosamente diseñado. Sobre todo, en un mundo tan competitivo como el de la abogacía, con un mercado laboral saturado en el que diferenciarse es una necesidad y donde LinkedIn es un recordatorio constante de que todo el mundo va cien pasos por delante.

Porque por mucho que todos conozcamos la teoría —«es normal estar perdido, eres muy joven, tienes toda la vida por delante»— la experiencia demuestra lo contrario: quienes ya saben en qué quieren especializarse, quienes han orientado su trayectoria académica desde el principio hacia un objetivo concreto, son los que consiguen antes las prácticas en los despachos, los que parecen tenerlo todo resuelto. La narrativa es clara y repetida: quien no tiene rumbo definido desde el principio lleva retraso. Y esa narrativa cala.

 

El problema no es individual. Es sistémico.

Vivimos en una cultura que premia la especialización temprana como si fuera un indicador de inteligencia o de compromiso. El sistema universitario, el mercado legal y las propias firmas de abogados alimentan este modelo: buscan perfiles que ya vengan orientados, que hayan hecho las prácticas correctas, que tengan el máster adecuado, que hayan activado las redes precisas.

Y así, muchos recién graduados pasamos los últimos meses de carrera barajando diferentes másteres de especialización, los dobles másteres que están de moda, comparando universidades, intentando deducir cuál encaja mejor con unos intereses que todavía no conocemos del todo. No por indecisión, sino porque nadie puede elegir con convicción lo que aún no ha tenido ocasión de descubrir.

La paradoja es evidente: no tener claro el futuro profesional debería traducirse en energía, curiosidad y motivación para explorar las posibilidades que ofrece el mundo jurídico. Debería vivirse como un privilegio. Pero la presión del entorno lo convierte en lo contrario: agobio, frustración, desorientación y miedo a no tomar las decisiones correctas desde el principio.

 

Equivocarse no es malgastar el tiempo

El mundo del derecho es apasionante y amplísimo. Los retos que se les plantean a los abogados son cada vez mayores e imprevisibles, y el camino para llegar a la cima rara vez es una línea recta. Ojalá todos pudiéramos ver la meta despejada y con claridad desde primero de carrera; pero para muchos es un recorrido enrevesado y laberíntico, con mucha niebla, por el que uno se pierde más de una vez. Y no por eso se es menos válido, menos comprometido o peor profesional.

El camino verdaderamente peligroso es el que paraliza:

  • Conformarse en vez de reconducir
  • Quedarse quieto en vez de explorar
  • Tener miedo a rectificar en vez de cambiar de rumbo

Un sistema que únicamente premia la especialización temprana solo alimenta la ansiedad de los recién graduados, el miedo irracional a equivocarse y la toma de decisiones precipitadas. Estar confundido después de graduarse no es un fracaso. Equivocarse y rectificar no es un fracaso sino el principio honesto de una carrera que merece la pena.

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