CURIOSIDADES
«¿Por qué la IA no podrá reemplazar a los abogados?»
La Inteligencia Artificial planea arrasar con todo.
No es ningún titular alarmante, ni tampoco un discurso del miedo, aunque lo parezca. Es una latente realidad que todos, sea en menor o mayor medida, pensamos constantemente.
Y el mundo jurídico no es excepción. Aunque sea un sector ampliamente regulado, con años de historia consolidando sus sólidas bases y, sobre todo, su imperante necesidad para el funcionamiento social del sistema, también puede ser víctima de la Inteligencia Artificial. Veamos por qué.
La IA en el sector laboral
Una de las mayores preocupaciones en cuanto a la IA siempre ha sido la del reemplazo de trabajos. Ya a día de hoy no es descabellado utilizarla para labores mecánicas, administrativas o consultivas. Incluso grandes y pequeñas empresas la utilizan como fuente de creatividad: creando logos, flyers y banners o gestionando campañas de publicidad.
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Pero entonces, ¿cómo afecta eso al Derecho?
La clave está en comparar:
- El notario aplica un protocolo altamente reglado: la escrituración sigue cauces predecibles y la calificación es relativamente formalizable.
- El registrador hace una calificación registral que, aunque técnica, opera sobre supuestos tasados.
- El procurador y el gestor procesal tienen funciones casi puramente administrativas.
- Incluso el juez trabaja sobre un esquema más cerrado que el abogado: aplica derecho a hechos probados siguiendo un iter lógico-formal que la IA puede imitar con cierta solvencia.
Lo que tienen en común es que sus funciones descansan sobre procedimientos parametrizados y predecibles, exactamente el tipo de trabajo que la IA está aprendiendo a hacer con rapidez creciente. Es decir, muchas profesiones jurídicas son más propensas a ser reemplazadas por simple probabilidad de cómo está avanzando la tecnología.
Y la pregunta que todos nos hacemos es: ¿por qué la abogacía resultaría diferente?
La incertidumbre no es suficiente.
Los abogados también tienen muchas tareas mecánicas que realizar, así como labores administrativas y procesales. Sin embargo, hay una particularidad relevante en la profesión ordinaria de un abogado o litigante.
Podría parecer que la clave está en su capacidad de trabajar en la incertidumbre. La abogacía es una profesión muy volátil, en la que cada caso trae particularidades muy distintas la una de la otra. No todos los supuestos de hecho están tasados en la ley ni en la doctrina; a veces se debe innovar en el Derecho por medio de analogías, Derecho comparado o estrategias litigantes novedosas. El trabajo en las zonas grises del Derecho vive de lagunas, antinomias e
interpretaciones evolutivas.
Sin embargo, este tipo de razonamiento no es exclusivo de los abogados. También lo aplican jueces, fiscales o magistrados del Tribunal Constitucional al momento de examinar casos complejos.
Entonces, ¿qué resulta realmente exclusivo de la abogacía, tan exclusivo que le otorga esta capacidad de supervivencia ante la Inteligencia Artificial?
La empatía y la confianza
La respuesta no es algo que solo un jurista experimentado pueda entender, sino algo que apela a todos nosotros: la empatía y la confianza.
Un abogado establece relaciones muy cercanas con sus clientes. No solo se le confía el caso, sino todo lo que hay detrás: la carga emocional que conlleva, lo tedioso que puede volverse un proceso y las expectativas de alcanzar una resolución favorable. La figura del abogado ha evolucionado hasta convertirse también en un consultor cercano, con capacidad de guiar las decisiones del cliente y no solo ejecutar su voluntad.
La figura del «abogado de familia» ilustra bien esta tesis: se busca una persona de confianza que atienda necesidades en cualquier momento y que, aunque luego derive el caso a otro colega, mantenga la confianza de un guardián.
Llegará un momento en el que la IA resuelva problemas jurídicos en tiempos récord y con una capacidad de razonamiento envidiable para cualquier profesional. Sin embargo, difícilmente podrá ejercer la empatía que hoy se le exige a un abogado.
Al momento de afrontar consultas, procesos o litigios, los clientes se encuentran en una situación de asimetría de conocimiento: no dominan las especificaciones necesarias para resolver su caso. En esa vulnerabilidad, lo que más se valora es sentir que el profesional está ahí, resolviendo dudas o simplemente comprendiendo los dilemas. Esta labor, casi psicológica, no la puede ejercer una IA. Por más humana que parezca su voz o su respuesta, el cliente sabe que no lo es, y esa distancia es insalvable en momentos de tanta exposición personal.
Cualquiera que haya pedido consejo a un abogado experimentado sobre cómo progresar en la profesión habrá escuchado siempre lo mismo: ten empatía y genera confianza. No es casualidad. Es el núcleo de lo que hace al abogado irreemplazable, porque no es una habilidad técnica que se pueda entrenar en un modelo, sino la expresión de algo fundamentalmente humano: la capacidad de estar presente, de verdad, en los momentos más comprometidos de la vida de otra persona. Al final, las relaciones jurídicas siguen siendo relaciones humanas, y ninguna tecnología puede replicar lo que ocurre cuando dos personas, en una situación tan cargada como un conflicto jurídico, construyen confianza.
Un horizonte tranquilizador
Tampoco hay que caer en el alarmismo: estos escenarios están lejos de materializarse. No únicamente por el ritmo del avance tecnológico, sino también porque el Derecho es reactivo, y de manera conservadora, ante tendencias de cambio tan aceleradas. Incluso si los reemplazos fuesen técnicamente posibles mañana, toda la regulación necesaria, o la simple costumbre jurídica, tardaría muchos más años en acompañarlos.
La realidad es que no sabemos si el auge de la IA llegará más pronto o más tarde. La buena noticia es que, en cualquiera de los casos, la abogacía tiene algo que ninguna otra profesión jurídica posee en igual medida: la confianza irrenunciable de quienes la necesitan.
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