CURIOSIDADES
Tenía una carrera prometedora en un gran despacho y lo dejé. Esto es lo que aprendí
Mientras estudiaba Derecho, me dediqué a vender. Vendía de todo, al más puro estilo “compra-venta”: portátiles, teléfonos y mis favoritos, los “packs” de juegos o libros, que luego podía vender de uno en uno. Esto lo hacía para pagarme los estudios. Quienes estáis en el sector sabéis que los másteres privados no son baratos, y yo decidí estudiar en Garrigues. Si quería conseguir 27.000 euros, mejor empezar pronto.
Durante años viví en dos mundos paralelos que aparentemente no tenían nada que ver el uno con el otro. De día, estudios, trabajos, clases y algún que otro mus.
En los ratos libres, me movía por Madrid en transporte público comprando y vendiendo todo lo que encontraba en Wallapop y demás plataformas. Poco a poco empecé a identificar patrones: cuándo alguien aceptaría un descuento, cuándo podría venderle un producto más a un comprador o cuándo me estaban ocultando algo.
Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que mis dos mundos eran mucho más parecidos de lo que yo pensaba.
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La carrera te enseña el sistema legal. Las ventas te enseñan a que te escuchen.
En Derecho aprendes a memorizar y, si tienes suerte, consigues entender cómo funcionan la ley y la administración de justicia. Lo que no te enseñan es cómo hacer que alguien que nunca ha oído hablar de ti confíe lo suficiente como para contarte su problema, no digamos ya ayudarte a resolverlo.
Eso lo aprendí vendiendo. Aprendí que la gente no compra el producto; compra la sensación que le genera la persona que tiene delante. Que antes de explicar nada, hay que escuchar. Que el lenguaje técnico, aunque sea correcto, muchas veces aleja más de lo que acerca.
Cuando empecé a ejercer, no tenía mucha experiencia, pero sí algo que muchos compañeros no tenían: podía entender a los clientes y hablar en su idioma, no en el mío. No solo asesorarles, sino entender qué les preocupaba de verdad y buscar una solución acorde.
Esto no se enseña en ningún máster de acceso a la abogacía, ni siquiera en los mejores. Y marca una diferencia enorme.
Deloitte, el confinamiento y la incomodidad
Después de estudiar en Garrigues el Máster de Acceso a la Abogacía y el Máster en Derecho Laboral, entré en Deloitte Legal. Fueron dos años asesorando a empresas y representándolas en juicio. Luego llegó la pandemia y me tocó gestionar despidos colectivos y ERTE de grandes empresas prácticamente por mi cuenta y sin supervisión, lo que supuso un gran paso en mi carrera.
En ese momento, una pregunta empezó a rondarme la cabeza: si las empresas necesitaban tanta ayuda, ¿cómo estarían los trabajadores? ¿Cómo se apaña alguien que no tiene formación o una asesoría detrás?
En 2021 dejé Deloitte. Junto a mi socio Miguel Álvarez, pusimos en marcha Amagna con una idea clara: que cualquier trabajador del país pudiera acceder a asesoramiento laboral de calidad, sin barreras y sin tecnicismos. Y, de forma paralela, nació Empleado Informado: un proyecto para hacer exactamente eso, pero desde el contenido. Explicar derechos laborales de forma accesible para que la gente llegara informada antes incluso de necesitar un abogado.
La idea era buena. El problema es que tener una buena idea no te da clientes.
Lo que salvó el negocio no fue el Derecho. Fue saber vender.
Los primeros meses fueron un catálogo de fracasos: posts en Facebook, tarjetas de visita, llamadas a gestorías… Nada funcionaba. Éramos dos abogados con buena formación técnica y cero clientes.
Un día decidimos dar el paso y grabar vídeos en TikTok.
El primer vídeo que funcionó lo grabamos en una cala de Mallorca, sin guion y sin producción. Hablaba de derecho laboral como si estuviera explicándoselo a un amigo. Sin tecnicismos. Exactamente como había aprendido a hablar vendiendo años antes.
Era el mismo ejercicio de siempre: identificar qué le preocupa a alguien, hablarle en su idioma y generar confianza antes de pedir nada a cambio.
Las redes no son un canal. Son una escuela.
Empleado Informado ha evolucionado mucho desde aquel primer vídeo. Ha crecido en formatos, en profundidad y en las plataformas donde está presente. Pero lo más valioso no ha sido el alcance que ha conseguido, sino lo que me ha enseñado a mí.
Cada vídeo que no funciona te dice algo sobre cómo piensa el otro. Cada comentario, cada pregunta que deja alguien, cada vez que algo conecta de una forma que no esperabas, te da información que no puedes conseguir de ninguna otra manera. Las redes me han obligado a entender cómo procesa la información alguien que no estudió Derecho, qué palabras le generan confianza y cuáles le bloquean, qué necesita escuchar antes de que le importe lo que tú quieres contarle.
Eso ha hecho que sea mejor abogado.
El mensaje que le daría a cualquier abogado que empieza
Cuatro años después, Amagna tiene más de 50 personas en el equipo y ha superado los 2,5 millones de euros de facturación. No lo pongo para impresionar. Lo pongo porque creo que el motivo por el que llegamos aquí no es el que la gente suele pensar.
No fue la especialización laboral, aunque ayudó. No fue el máster en Garrigues, aunque aportó. Fue entender que un abogado que solo sabe ser abogado tiene una limitación muy concreta: depende de que los clientes lleguen solos.
Si estás empezando y tienes experiencia previa en ventas, atención al cliente, hostelería o cualquier cosa que implique tratar con personas, no lo veas como algo separado de tu carrera jurídica. Probablemente sea lo más valioso que tienes.
Y si no la tienes, empieza a construirla. Habla en público. Crea contenido, aunque al principio sea malo. Escucha a las personas. Sal del lenguaje técnico más de lo que te resulte cómodo.
La abogacía te da las herramientas para resolver el problema. Pero antes de llegar ahí, alguien tiene que elegirte a ti para resolverlo.
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