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CURIOSIDADES

Empezar Derecho: aprender a ejercer desde el primer día

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Mercedes de Prada Rodríguez, Directora General del Centro de Estudios Garrigues, Profesora Titular de Derecho Procesal

Cuando cursé la carrera, la universidad estaba muy lejos de la realidad profesional. No había práctica auténtica, ni orientación, ni acompañamiento. Al terminar, te enfrentabas sola al mundo jurídico sin comprender bien cómo funcionaba ni qué se esperaba de ti. Nadie te explicaba cómo era el día a día de un despacho, qué significaba realmente atender a un cliente o cómo se gestionaba la presión de un plazo procesal. La distancia entre lo que habías estudiado y lo que encontrabas al otro lado del título resultaba, en muchos casos, abrumadora.

Oposité a notarías y registros sin saber realmente qué implicaba una oposición ni cómo sería el trabajo posterior. Como tantos de mi generación, tomé decisiones trascendentes con información incompleta y sin referentes claros. Aprendí a base de ensayo, error y mucha inseguridad. Recuerdo la sensación de estar permanentemente fuera de lugar, de intuir que había reglas no escritas que nadie se había molestado en compartir. Esa experiencia, compartida por tantos compañeros y compañeras, me dejó una marca profunda y, con el tiempo, una determinación clara.

Desde la docencia, siempre he tenido clara una convicción: ofrecer a los estudiantes aquello que a mí nadie me ofreció. Cercanía, criterio, contacto temprano con la profesión y una formación que no se limite a transmitir contenidos, sino que enseñe a ejercer. Por eso, creo tan profundamente en la metodología del Centro de Estudios Garrigues y en un modelo que entrena al alumno para la realidad que va a encontrar. No se trata de acelerar etapas ni de sustituir la reflexión por la urgencia, sino de construir puentes entre el aula y el ejercicio profesional, de manera que el tránsito de uno a otro no sea un salto al vacío, sino una progresión natural y acompañada.

En el Centro de Estudios Garrigues concebimos el inicio del Grado como algo más que una etapa académica: es la primera aproximación genuina a la profesión, un periodo decisivo para orientar, guiar y preparar al estudiante en el modo en que verdaderamente se trabaja en el ámbito jurídico y empresarial. Esto significa, entre otras cosas, que desde los primeros meses el alumno empieza a familiarizarse con el lenguaje, los tiempos y las exigencias propias del entorno profesional. No como espectador, sino como protagonista de su propio proceso formativo.

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Desde el primer curso, los alumnos no solo estudian normas: comienzan a abordar casos reales, problemas jurídicos concretos y dinámicas de trabajo propias de despachos y empresas. El objetivo no es exigir experiencia previa, sino ayudarles a comprender, desde el comienzo, qué supone tomar decisiones con rigor, cómo se analiza una cuestión compleja y por qué la responsabilidad profesional forma parte esencial del oficio. Se trata de interiorizar que detrás de cada expediente hay personas, intereses legítimos y consecuencias tangibles. Esa conciencia, cuando se adquiere pronto, transforma por completo la manera de estudiar, de preparar un caso y de relacionarse con el trabajo.

Durante demasiado tiempo se ha confundido formar juristas con acumular conocimiento teórico. Sin embargo, la práctica demuestra una y otra vez que saber Derecho no equivale necesariamente a saber ejercerlo. En un sector marcado por la exigencia, la complejidad y el cambio constante, resulta imprescindible replantearse cuándo comienza realmente la profesión y qué tipo de preparación se necesita hoy. El mercado jurídico actual demanda profesionales que, además de dominar la técnica, sepan trabajar en equipo, gestionar la incertidumbre, comunicar con claridad y adaptarse a entornos cambiantes. Ninguna de esas competencias se desarrolla memorizando códigos; todas ellas requieren práctica, exposición y retroalimentación constante.

Uno de los primeros aprendizajes que los estudiantes interiorizan es que el talento requiere disciplina. Muchos llegan con expedientes brillantes y una gran capacidad de estudio; eso constituye una base excelente, pero no garantiza por sí solo una trayectoria sólida. En el ejercicio del Derecho, marcan la diferencia hábitos que se cultivan desde el principio: constancia, cumplimiento de plazos, meticulosidad, atención al detalle y capacidad de escucha. La brillantez intelectual sin método se diluye con rapidez; en cambio, un profesional metódico, aunque no sea el más brillante del aula, construye con el tiempo una reputación de fiabilidad que resulta infinitamente más valiosa. En el Centro de Estudios Garrigues trabajamos para que esa lección se comprenda desde el inicio, no cuando ya es demasiado tarde.

Otro aspecto central en esta primera etapa es aprender a convivir con la incertidumbre. Iniciar la carrera implica enfrentarse a conceptos densos, a interpretaciones divergentes y a situaciones donde no siempre existe una única respuesta correcta. Persiste la idea equivocada de que un buen jurista debe resolver todo con rapidez. La experiencia profesional demuestra justo lo contrario: los mejores juristas son quienes saben detenerse, formular las preguntas adecuadas y admitir lo que desconocen antes de ofrecer una respuesta. Esa honestidad intelectual, lejos de ser una debilidad, constituye uno de los pilares de la credibilidad profesional. Enseñar a gestionar esa incomodidad inicial, a transformarla en motor de aprendizaje en lugar de parálisis, es una de las tareas más importantes que asumimos como docentes.

Creo firmemente en una formación exigente, donde el rigor sea una forma de respeto hacia la profesión y hacia quienes la están abrazando. La exigencia bien entendida no busca filtrar ni desalentar, sino elevar. Cuando un estudiante percibe que se le pide lo mejor de sí mismo dentro de un entorno que lo sostiene y lo orienta, responde con un compromiso que trasciende la mera obligación académica. Ese es el tipo de cultura que intentamos cultivar.

En el Centro de Estudios Garrigues transmitimos a los estudiantes, desde el inicio, que pensar bien es más importante que responder deprisa. Saber razonar con precisión, estructurar un problema y reconocer cuándo es necesario revisar o contrastar información constituye una competencia esencial. La seguridad profesional no nace de saberlo todo, sino de saber cómo abordar lo que todavía se desconoce. En la práctica, esto se traduce en aprender a investigar con método, a contrastar fuentes, a construir argumentos sólidos y a revisarlos sin apego cuando la evidencia lo exige. Un jurista que domina ese proceso no depende de la memoria ni de la improvisación: cuenta con herramientas para enfrentar cualquier problema nuevo con solvencia.

Junto a ello, hay una habilidad que suele descubrirse tarde y que aquí se trabaja desde el primer momento: la comunicación. Un jurista puede tener el análisis más riguroso del mundo, pero si no es capaz de transmitirlo con claridad a un cliente, a un tribunal o a un equipo, su trabajo pierde gran parte de su valor. Redactar con precisión, argumentar oralmente con estructura, escuchar de forma activa y adaptar el mensaje al interlocutor son destrezas que se entrenan, no dones innatos. En nuestra metodología, la comunicación no es un complemento: ocupa un lugar central en la formación desde el primer día.

Por eso defiendo una formación de base sólida y aplicada, que no encasille demasiado pronto pero que sí prepare para decidir con mayor lucidez y mantener una mirada atenta. No ocurre nada por no tenerlo todo claro al principio; de hecho, quienes se permiten explorar con honestidad y sin prisas suelen tomar, llegado el momento, decisiones más acertadas y sostenibles. Lo importante es aprender bien en cada etapa, consolidar cada cimiento antes de levantar el siguiente piso, y confiar en que el proceso, cuando está bien diseñado, conduce a resultados sólidos.

A quienes están dando sus primeros pasos les diría que no se obsesionen con parecer expertos antes de tiempo. Resulta mucho más valioso convertirse, paso a paso, en profesionales consistentes, curiosos, fiables, con criterio y responsabilidad ética. La carrera jurídica es larga, y quienes perduran con éxito no son necesariamente los que empezaron con más seguridad, sino los que supieron construir, con paciencia y humildad, una base que el tiempo no erosiona.

Porque, al final, en Derecho como en tantas otras disciplinas, las mejores trayectorias no arrancan con más certezas, sino con una mejor disposición para aprender a ejercer bien.

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