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EMPLEO Y CARRERA PROFESIONAL

La seguridad en sala también se entrena

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Purificación Pujol Capilla es doctora en Derecho y autora de diversas obras sobre práctica forense y actuación en sala. Ha sido magistrada y actualmente desarrolla actividad de asesoramiento jurídico y empresarial.

Hay aprendizajes que deberían llegar antes en la vida de un jurista. Uno de ellos es este: el primer juicio no debería ser el primer momento en que un abogado descubre lo que significa, de verdad, tener la palabra en sala.

Quien empieza en la profesión suele llegar razonablemente preparado en lo teórico. Conoce las normas, entiende las instituciones, ha estudiado procedimientos y ha leído resoluciones. Sin embargo, hay una parte decisiva del oficio que no siempre se enseña con la misma intensidad: cómo sostener una intervención oral bajo presión, cómo ordenar el pensamiento en tiempo real, cómo reaccionar cuando el tribunal espera una respuesta clara y cómo mantener la serenidad cuando aparecen los nervios.

Durante años he visto repetirse esa misma situación. Jóvenes juristas, y no tan jóvenes, con buena base técnica, con ganas de aprender y con seriedad profesional, pero con una inseguridad comprensible ante algo que apenas habían podido trabajar: la experiencia real de estar en sala.

Y esa carencia, aunque sea habitual, merece corregirse cuanto antes.

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Ejercer ante un tribunal antes de estar preparado de verdad

No hablo solo de conocer el trámite. Hablo de algo más difícil de enseñar en un aula: el tono de voz, el ritmo, la mirada, la capacidad de síntesis, el modo de comenzar, la forma de responder a una interrupción y la necesidad de pensar mientras se habla sin perder orden ni respeto.

Esas características necesarias de adquirir forman parte del trabajo jurídico, aunque no siempre aparezca en los planes de estudio con la importancia que merece. Por esa razón me interesó especialmente colaborar en un proyecto de simulación inmersiva pensado para abogados y estudiantes de Derecho.

Me atrajo no por su componente tecnológico en sí mismo, sino por lo que podía aportar desde el punto de vista formativo: permitir que un jurista entrara simbólicamente en sala antes de tener que hacerlo de verdad.

La idea me pareció valiosa desde el principio. No porque una herramienta sustituya la experiencia real —no la sustituye—, sino porque puede ofrecer algo muy útil: un espacio de ensayo. Un lugar donde equivocarse sin perjudicar a nadie. Donde medir tiempos. Donde escuchar la propia voz. Donde advertir gestos que uno no percibe. Donde comprobar, en definitiva, que saber lo que se quiere decir no siempre equivale a saber decirlo bien.

 

La teoría no elimina el pavor

Uno de los errores más comunes al comenzar a ejercer ante un tribunal consiste en pensar que, si el asunto está jurídicamente bien estudiado, la actuación es sala será perfecta. La actuación en Sala (término acuñado por primera vez en el año 2.000 por esta autora) es una de las partes más esenciales del proceso y, muchas veces, se aprende demasiado tarde o no se llega a dominar núnca.

La teoría ayuda a comprender el procedimiento. La práctica enseña a habitarlo y a ganarlo. Y entre una cosa y otra hay una distancia que, en los primeros años, pesa mucho más de lo que suele reconocerse.

Ese peso se nota especialmente en la oralidad. Cuando uno todavía no ha pasado por suficientes situaciones reales, todo parece nuevo al mismo tiempo: el espacio, los tiempos, la presencia del tribunal, la necesidad de sintetizar, el deber de reaccionar con corrección y la conciencia de que cada palabra importa.

Por eso no debería sorprendernos que tantos juristas sientan inseguridad al principio. No es falta de capacidad. Es falta de entrenamiento. No se le da aún la suficiente importancia a la enseñanza de ser “actor” ante un tribunal.

 

La seguridad no nace, se construye

A veces se piensa que la seguridad en sala depende del carácter. Que hay personas que nacen con facilidad para intervenir y otras que no. Mi experiencia me ha llevado a una conclusión distinta: la seguridad no nace, se entrena.

Naturalmente, hay temperamentos más expansivos y otros más reservados. Pero la verdadera firmeza profesional no procede solo del temperamento. Procede, sobre todo, de la preparación. De haber pensado el asunto. De haber ensayado el inicio. De saber cómo ordenar una idea principal. De tener interiorizado el ritmo de una intervención. De haber pasado, aunque sea en un entorno controlado, por la experiencia de escuchar: “Señor letrado, tiene la palabra”.

Cuando un abogado puede practicar en un contexto que reproduce la dinámica de una sala, empieza a advertir cuestiones que sobre el papel no se ven. Descubre, por ejemplo, que hablar deprisa no equivale a hablar bien. Que mirar constantemente hacia abajo debilita la intervención. Que una buena idea mal ordenada pierde fuerza. Que las pausas, bien utilizadas, ayudan más que muchas frases largas.

Y descubre algo todavía más importante: los nervios no desaparecen por arte de magia, pero sí pueden gestionarse mejor cuando lo desconocido empieza a formar parte de lo cotidiano.

 

Ensayar es mejorar

La improvisación es sinónimo de soltura, talento o inteligencia cuando se encuentra asentada en fuertes columnas de conocimientos jurídicos. En el ejercicio jurídico conviene desconfiar de una improvisación sin base, ésta nunca salvará una incidencia en sala a no ser que vaya acompañada de ciencia jurídica aplicable al caso concreto.

Es cierto, el verdadero profesional es aquel que reacciona bien sobre la marcha. Pero para conseguir esa soltura son horas de practica de “auto escucharse” de observar donde están los fallos para eliminarlos y donde se encuentran los aciertos para potenciarlos.

Ensayar una intervención enseña precisamente eso. Obliga a pensar qué se quiere decir de verdad. Qué idea debe quedar clara. Qué conviene destacar y qué debe omitirse. Dónde empieza una exposición y dónde debería terminar. Qué tono conviene adoptar. Qué palabras sobran. Qué actitud transmite seguridad y cuál transmite precipitación.

Todo ello tiene un enorme valor para un jurista, porque le permite entender pronto que la práctica del Derecho no se apoya solo en el conocimiento técnico. Requiere también método, presencia, escucha, orden y capacidad de adaptación.

Esa preparación sirve para actuar en sala, pero también es una base para el ejercicio completo de la profesión.

 

La tecnología solo sirve si está al servicio del oficio

La tecnología, en este sentido, me parece útil cuando cumple una función concreta y humilde: ayudar a entrenar habilidades que sostienen la realidad profesional.

No para deslumbrar. No para sustituir el oficio. No para convertir la profesión en algo artificial. Sí para mejorar la preparación de quien todavía no ha tenido suficientes ocasiones de ejercitarse en condiciones parecidas a las que se enfrentará tarde o temprano.

Por todos los motivos anteriormente citados, este tipo de experiencias son especialmente provechosas para las nuevas generaciones. No porque necesiten atajos, sino porque necesitan practicar. Y la práctica, bien orientada, da algo que ningún manual puede dar por sí solo: familiaridad con la situación, conciencia de los propios hábitos y margen para corregir errores antes de reproducirlos en un contexto real.

Un jurista joven puede aprender mucho observando. Puede aprender leyendo. Puede aprender escuchando a profesionales con experiencia. Pero también necesita espacios donde probarse, verse, corregirse y repetir.

Ahí está, a mi juicio, el verdadero valor del ensayo.

 

Lo que conviene entrenar antes de estar en posesión de la palabra

Si hoy un estudiante o un abogado joven me preguntara qué merece la pena trabajar antes de entrar en sala, le respondería sin dudar: la claridad, la capacidad de síntesis, el control del ritmo, la mirada, la serenidad y la preparación mental del inicio y del cierre de una intervención.

Todo eso mejora con la práctica. Mejora con la observación minuciosa. Y se afianza con el entrenamiento. 

Y, una idea final importante para compartir con aquellos profesionales que inician su andadura: nadie debería sentirse menos válido por notar inseguridad ante una primera intervención oral. Esa inseguridad no es un defecto: es, muchas veces, señal de responsabilidad, de madurez y de sentido común. Lo útil es sentirla y provocar una búsqueda de los medios necesarios para transformarla en ansia de preparación.

Actuar en sala seguirá siendo, siempre, una experiencia exigente. Pero quizá uno de los mejores favores que podemos hacer a los juristas jóvenes es ayudarles a que ese día no sea también el día en que todo les resulta completamente nuevo. 

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