CURIOSIDADES
“¿Voy a buen ritmo o me están adelantando por la derecha?”
Reflexiones de un junior sobre crecer en la abogacía
A pesar de la candente moda del running, no, hoy no vamos a hablar de kilómetros ni de ritmos por minuto. Vamos a hablar de otra carrera: esa que empieza cada vez que abrimos LinkedIn y vemos que un compañero ya se ha colegiado, otro ya es asociado, otro ha cambiado de despacho y otro ha hecho tres cursos en el extranjero. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿Estoy haciendo suficiente?
En cuestión de segundos empezamos a hacer comparaciones silenciosas: quién ha avanzado más rápido, quién parece tener más claro su camino, quién ha conseguido antes ciertos hitos profesionales… Sin darnos cuenta, pasamos de observar trayectorias ajenas a medir la nuestra con la misma vara.
Lo que LinkedIn no muestra es en lo que se ha convertido: una especie de escaparate profesional. En él vemos promociones, nuevos despachos, másteres en el extranjero, premios o publicaciones. Todo parece avanzar a una velocidad vertiginosa, pero rara vez vemos las dudas antes de tomar una decisión profesional, los cambios de rumbo que no salen como esperábamos, los meses en los que uno se siente perdido, o la sensación de no estar haciendo suficiente. En otras palabras, vemos los resultados, pero no el proceso. Y en profesiones como la abogacía, donde el aprendizaje es constante y la experiencia se construye con el tiempo, el proceso es precisamente lo más importante.
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En el sector legal se mide mucho el progreso: años de experiencia, categoría, despacho, publicaciones, cursos… la lista es interminable. Y, sinceramente, resulta imposible completarla con checks cuando el trabajo es envolvente, necesitamos tiempo para desconectar y nos debemos a nuestros amigos y familia. Así que ¿cómo hago para llegar a todo? ¿soy solo yo quien no sabe gestionar mi tiempo para poder seguir formándome y alcanzar nuevas metas? ¿Cómo es posible que otros puedan y yo no?
El mundo jurídico es competitivo, cambiante, constantemente en movimiento, lo que significa que cada desarrollo profesional tiene su tiempo. Hay quienes parecen tener su itinerario diseñado con precisión arquitectónica: saben donde quieren estar en cinco años; otros, en cambio, toman decisiones más impulsivas: cambian de despacho, se reinventan, prueban caminos nuevos. Ninguna opción es mejor que la otra. Pero ambas alimentan la misma sensación: que todos avanzan y que quizá nosotros vamos tarde. Y es precisamente ahí donde aparece la verdadera pregunta: ¿importa tanto el camino que elijamos como el hecho de seguir avanzando?
El quid de la cuestión aquí no se centra en el qué hacer, si no en hacerlo. Aunque parezca una carrera invisible, la trayectoria de cada uno es personal y solo uno mismo sabe cuál es el recorrido que debe llevar, el caso es seguir corriendo. Lo que no debería permitirse un profesional – tenga claro sus siguientes pasos o no– es quedarse eternamente en el mismo ritmo, no cambiar de senda, acomodarse.
Ahora bien, querer crecer y avanzar rápido tampoco es necesariamente algo negativo. La prisa solo se vuelve peligrosa cuando se convierte en agobio y no en ambición. Al final, se trata de encontrar el equilibrio: marcar objetivos realistas, recorrer distancias asumibles y llegar a la meta, ni antes ni después que nadie, simplemente llegar.
En cuanto a la situación de un junior, lo cierto es que resulta, cuanto menos, peculiar, os lo dice una servidora. Porque vivirla desde dentro cambia bastante la perspectiva. Por un lado, ya estás dentro del mundo jurídico: aprendes cada día, asumes responsabilidades y empiezas a sentir que confían en ti. En esencia, estás dentro del sector… pero todavía no del todo dentro de la profesión. Es un momento profesional de los más intensos y contradictorios, porque creces rápido, dudas mucho y quieres demostrar más de lo que todavía te corresponde.
Con el tiempo uno descubre que crecer en la abogacía no siempre significa avanzar más rápido. A veces significa avanzar mejor. Y en ese proceso, un junior suele aprender tres cosas importantes:
1. Que no existe una única trayectoria profesional.
Algunos cambian de despacho varias veces, otros se especializan pronto y otros necesitan más tiempo para encontrar su camino. Cada decisión responde a circunstancias distintas, y ninguna de ellas determina por sí sola el éxito de una carrera jurídica.
2. Que el aprendizaje real no siempre es visible.
Muchas de las habilidades más valiosas —criterio jurídico, seguridad al asesorar, capacidad de negociación— se construyen con experiencia y paciencia. Son aprendizajes silenciosos, que no aparecen en un currículum pero que acaban marcando la diferencia.
3. Que la comparación constante es una trampa.
Siempre habrá alguien que parezca ir más rápido. Pero eso no significa necesariamente que vaya más lejos. Además, mirar demasiado el carril de al lado no ayuda a avanzar; al contrario, puede aumentar las posibilidades de descarrilar si no te concentras en tu propio sendero.
Al final, la abogacía no es una carrera que se mida en velocidad, si no en calidad y entrenamiento. Es una profesión que exige paciencia, aprendizaje constante y capacidad de adaptación.
Tal vez la pregunta no sea si nos están adelantando por la derecha, si no si estamos aprendiendo lo suficiente, si estamos construyendo una base sólida. Porque quizá en la abogacía no se trata de llegar antes, si no de llegar preparado. Tal vez no todos vamos al mismo ritmo. Y tal vez eso no significa que vayamos más despacio.
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