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CURIOSIDADES

Antes del primer gran caso: seis convicciones para empezar bien en el Derecho

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María Enciso, Catedrática de Derecho Mercantil y Decana de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas Universidad Rey Juan Carlos

Cuando uno empieza en el sector jurídico, tiende a pensar que el futuro se decide muy pronto: en el primer despacho, en el primer asunto o en la primera gran oportunidad. Con los años he aprendido que una carrera no se construye en un momento brillante, sino en una suma de hábitos, decisiones discretas y una determinada forma de entender la profesión.

He desarrollado mi trayectoria entre la Universidad y la relación con el mundo de la empresa, y esa experiencia me ha confirmado algo esencial: el Derecho exige técnica, pero también criterio, carácter y sentido de servicio. Si hoy tuviera que hablar con alguien que está dando sus primeros pasos, le compartiría estas convicciones.

  • No confundan prisa con ambición

Es lógico querer avanzar deprisa, pero la prisa suele ser una mala consejera. La ambición es valiosa cuando impulsa a mejorar; deja de serlo cuando empuja a quemar etapas sin haber consolidado una base sólida. En Derecho, el criterio no se improvisa. Se forma con lecturas, con trabajo bien corregido y con tiempo.

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Mi consejo es sencillo: en los primeros años, no midan su progreso solo por el cargo, el nombre de la firma o el salario. Mídanlo por la calidad de lo que están aprendiendo. Una base sólida vale más que una apariencia prematura de éxito.

  • El prestigio no sustituye al aprendizaje

Muchos jóvenes creen que elegir bien consiste únicamente en entrar en el lugar con más nombre. Sin embargo, conviene hacerse una pregunta más importante: “¿Aquí voy a aprender de verdad?”. He visto trayectorias excelentes nacidas en entornos muy distintos y carreras prometedoras frenadas por haber priorizado la apariencia sobre el fondo.

Lo decisivo al principio es trabajar con personas rigurosas, recibir correcciones de calidad y adquirir hábitos profesionales serios. Busquen entornos donde se valore el trabajo bien hecho, donde se enseñe con exigencia y donde puedan observar de cerca a buenos juristas. Aprender al lado de personas exigentes es uno de los grandes privilegios del comienzo.

  • Escriban y hablen mejor que la media

Hay una habilidad que distingue muy rápido a un buen jurista: sabe expresarse con precisión. Muchos conocimientos se pierden por no saber transmitirlos. En nuestra profesión, pensar bien y expresar bien son dos caras de la misma moneda.

Cuiden su escritura y su capacidad de exposición oral desde el primer día. Un correo, un informe, una nota o una intervención en clase son oportunidades para demostrar claridad mental, orden y solvencia. No escriban para impresionar; escriban para que les entiendan. No hablen para parecer brillantes; hablen para aportar seguridad y criterio. La claridad, además de una virtud intelectual, es una forma de respeto.

  • La reputación empieza antes del primer gran asunto

La reputación no nace cuando llegan los casos importantes. Empieza mucho antes: en la puntualidad, en la seriedad, en la discreción, en la forma de responder a un mensaje o de preparar una reunión. El mundo jurídico es más pequeño de lo que parece, y las personas recuerdan quién era fiable, quién aceptaba una corrección con humildad y quién convertía cada tarea en una ocasión para aprender.

Por eso, no desprecien ningún encargo por considerarlo menor. Muchas veces el valor de un profesional se revela precisamente en esos trabajos que no dan visibilidad, pero sí muestran disciplina, temple y sentido de la responsabilidad.

  • Especializarse no es encerrarse

El mercado pide especialización, y con razón. Un buen jurista debe dominar un área concreta. Pero especializarse no significa estrechar la mirada. Cuanto antes se comprende la conexión entre las distintas ramas del Derecho y entre el Derecho y la realidad económica y social, mejor profesional se llega a ser.

Mi experiencia en el Derecho Mercantil me ha confirmado hasta qué punto es importante entender la empresa, la contratación, el riesgo y el contexto en el que se toman las decisiones. El jurista que solo conoce normas, pero no comprende la realidad sobre la que esas normas operan, corre el riesgo de ofrecer respuestas correctas en teoría, pero insuficientes en la práctica. Lean más allá de su especialidad. Interésense por la economía, por la actualidad y por el funcionamiento de las instituciones.

  • Busquen maestros y no pierdan el sentido de servicio

Nadie se hace solo. Todos necesitamos referentes, modelos y personas que nos enseñen a mirar mejor. En mis años de docencia he comprobado que los alumnos que más crecen no son siempre los más brillantes al principio, sino los que saben escuchar, aceptan la exigencia y tienen verdadera voluntad de mejorar.

Un buen maestro no es quien halaga, sino quien corrige bien. Y un buen alumno no es quien cree saberlo todo, sino quien entiende que la formación no termina nunca. Esa idea me sigue acompañando hoy: la educación continua no es un complemento, sino una responsabilidad.

Pero junto a la exigencia hay otra cuestión igual de importante: no olvidar para qué sirve esta profesión. El Derecho no es solo una técnica; es una herramienta al servicio de la convivencia, de la seguridad jurídica y de la justicia. Quien conserva esa conciencia entiende mejor el alcance de su trabajo y la responsabilidad que asume.

Idea final. No intenten parecer juristas antes de tiempo; dedíquense a formarse para llegar a serlo de verdad.

Lo demás —el reconocimiento, las oportunidades y la confianza de los demás— suele llegar como consecuencia de un trabajo serio y sostenido.

La profesión jurídica necesita jóvenes bien preparados, pero también personas con criterio, con humanidad y con vocación de servicio. Ese, en mi opinión, es el mejor punto de partida para una carrera larga, útil y verdaderamente valiosa.

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