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CURIOSIDADES

Cuando Derecho y tecnología trabajan en la misma mesa

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Amelia Ferrández, Graduada en Derecho y estudiante del Máster de Acceso a la Abogacía en la Universidad CEU San Pablo, con experiencia en inteligencia artificial responsable

Hasta que participé en un hackathon legal, pensaba que este tipo de experiencias giraban principalmente en torno a tener una buena idea y defenderla bien al final del día. Después entendí que el verdadero valor estaba en otra parte: en aprender a pensar con personas que no piensan como tú.

Llegué con ilusión, responsabilidad y cierta incertidumbre. Iba representando a mi universidad, donde cursé Derecho y donde actualmente termino el Máster de Acceso a la Abogacía. Para mí no era una actividad más: era una oportunidad para salir del entorno académico habitual, poner a prueba lo aprendido y compartir mesa con perfiles muy distintos: estudiantes, abogados en ejercicio, profesionales del sector legal y técnicos.

Lo primero que me llamó la atención fue el ambiente. Yo imaginaba, quizá por la cantidad de universidades participantes, una dinámica más competitiva. Sin embargo, la realidad fue distinta: los equipos ya estaban formados y eran completamente multidisciplinares. Y ahí empezó el verdadero aprendizaje.

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¿Qué es realmente un hackathon legal?

Un hackathon legal no consiste simplemente en “inventar una solución tecnológica”. Tampoco es una competición de quién sabe más de Derecho o quién domina mejor una herramienta digital. Es, sobre todo, un ejercicio intensivo de resolución de problemas.

En pocas horas, un equipo que no se conoce tiene que:

  • identificar un problema real;
  • entender a quién afecta;
  • ordenar ideas;
  • proponer una solución viable;
  • construir un prototipo o una explicación clara;
  • y defenderlo ante un jurado.

La presión del tiempo obliga a tomar decisiones rápidas. Pero también enseña algo que en la carrera no siempre se entrena con tanta intensidad: la importancia de aterrizar las ideas.

En nuestro caso, los retos estaban previamente definidos. Lejos de limitar la creatividad, eso ayudó a centrar el pensamiento. Cuando tienes solo un día, partir de retos concretos permite evitar la dispersión y dedicar la energía a entender bien el problema antes de enamorarte demasiado pronto de la solución.

Cuando los juristas trabajan con técnicos

Mi equipo estaba formado por estudiantes de perfiles diversos, una profesional de un despacho y una persona técnica. Cada uno miraba el problema desde un ángulo distinto. Esa diversidad, que al principio puede parecer compleja, fue precisamente lo que hizo que la experiencia tuviera sentido.

Los juristas tendemos a identificar riesgos, interpretar normas, pensar en garantías y preguntarnos qué puede fallar. Los perfiles técnicos, en cambio, suelen ir antes hacia la funcionalidad, la arquitectura de la solución y la manera de convertir una idea en algo utilizable. Ninguna visión es suficiente por sí sola.

Lo interesante ocurre cuando ambas se encuentran.

Una de las ideas que más me llevé del día es que el jurista no necesita convertirse en programador para aportar valor en proyectos tecnológicos. Pero sí necesita saber hablar con quien programa. Debe saber formular bien el problema, explicar el contexto, detectar límites y traducir necesidades jurídicas en decisiones comprensibles para un equipo técnico.

En un ámbito como la justicia, esto es especialmente importante. La tecnología puede ayudar a ordenar información, reducir cargas o facilitar el acceso a datos relevantes. Pero si no se diseña con criterio jurídico, puede generar nuevos problemas: falta de transparencia, errores, sesgos, pérdida de garantías o soluciones alejadas de la realidad del usuario.

Lo más difícil: bajar de la idea a la realidad

Nuestro equipo trabajó sobre un reto relacionado con la gestión de documentación y plazos dentro de un procedimiento. La idea era imaginar una herramienta capaz de ordenar, clasificar y facilitar el acceso a la información procesal, tanto para profesionales como para órganos judiciales.

Lo más difícil no fue tener ideas, sino priorizarlas. En un hackathon surgen muchas propuestas, algunas ambiciosas y otras muy prácticas. El verdadero reto está en separar lo esencial de lo accesorio.

Ahí entendí la utilidad de metodologías como el design thinking: primero problema, luego usuario, después solución. Parece obvio, pero bajo presión es muy fácil saltar directamente a “qué vamos a presentar” sin haber entendido del todo “qué estamos intentando resolver”.

También aprendí que el liderazgo en estos contextos no siempre consiste en tener la idea más brillante. A veces consiste en escuchar, hacer que todos participen, detectar las fortalezas de cada persona y ayudar a que el equipo avance sin perderse. Mi papel fue mucho por ahí: ordenar, apoyar, construir ambiente y contribuir especialmente en la estrategia y en la presentación final.

Una anécdota que resume el día

En el pitch final decidimos hablar todos. Teníamos poco tiempo y podía salir bien o convertirse en una presentación desordenada. Uno de mis compañeros, que se sentía más cómodo en inglés, asumió el reto de presentar su parte en español. El equipo le apoyó, le animó y le dio la seguridad para hacerlo.

Ese momento me pareció muy representativo de lo que ocurre en este tipo de dinámicas. No solo aprendes sobre tecnología o justicia. Aprendes a exponerte, a confiar en gente que acabas de conocer, a salir de tu zona de confort y a crecer en cuestión de horas.

Qué me llevo como jurista

Participar en un hackathon legal me confirmó algo: la formación jurídica ya no puede vivirse de espaldas a la innovación. Eso no significa abandonar el rigor, sino aplicarlo en nuevos entornos.

Para un estudiante o joven jurista, experiencias así aportan tres aprendizajes muy concretos:

  • te obligan a comunicar con claridad;
  • te enseñan a trabajar con perfiles no jurídicos;
  • y te muestran que el Derecho también se aprende resolviendo problemas reales.

A quien dude si participar en una experiencia así, le diría que no lo piense demasiado. Puede dar pereza, puede exigir reorganizar la agenda o puede imponer respeto al principio. Pero merece la pena.

Porque al final no se trata solo de presentar una solución. Se trata de entender que el jurista del futuro tendrá que saber moverse entre normas, personas, datos y tecnología. Y, sobre todo, tendrá que mantener algo que ninguna herramienta sustituye: criterio.

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