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CURIOSIDADES

Más allá del Código: criterio jurídico y tecnología para construir una carrera con sentido

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Sara Molina, Socia de LegalTech y Digital Transformation de Pérez-Llorca

Empezar en la abogacía hoy es hacerlo en un momento de transformación profunda. El derecho ha trascendido de los códigos y jurisprudencia para integrarse en un ecosistema donde convergen datos, algoritmos, plataformas digitales y nuevas expectativas de negocio. Esto puede generar vértigo, pero también abre una oportunidad única: construir una carrera que combine el rigor jurídico con la capacidad de adaptación tecnológica.

Al inicio, es fácil pensar que el éxito depende de elegir bien una especialidad o un despacho concreto. Sin embargo, con el tiempo se entiende que lo verdaderamente determinante es desarrollar criterio. Y ese criterio hoy no se construye únicamente leyendo normas o sentencias, sino entendiendo cómo se aplican en contextos reales: contratos digitalizados, decisiones automatizadas o riesgos regulatorios vinculados a la inteligencia artificial o a la gestión de datos. Uno de los grandes puntos de inflexión en la trayectoria profesional es precisamente el momento en que el derecho deja de verse como algo aislado y empieza a conectarse con otras disciplinas de forma transversal.

Comprender cómo funciona un sistema de IA o qué implica la automatización de procesos cambia radicalmente la forma de ejercer. No se trata de ser ingeniero, sino de adquirir el lenguaje suficiente para dialogar con la tecnología y el negocio.

En este contexto, normas como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) o el reciente Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea han introducido una nueva capa de complejidad técnica relevante. Conceptos como evaluación de impacto, gobernanza algorítmica, trazabilidad o explicabilidad ya forman parte del día a día jurídico. El abogado no solo interpreta la norma, sino que analiza cómo se implementa en sistemas concretos, cómo se supervisa y cómo se audita.

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Esta evolución ha llevado a que el trabajo jurídico, tradicionalmente centrado en revisar documentos, pase a consistir en diseñar soluciones. Por ejemplo, participar en la implementación de herramientas de contract lifecycle management (CLM), colaborar en la definición de modelos de gobierno de la IA o establecer políticas internas de uso responsable de tecnología. El valor ya no está solo en identificar riesgos, sino en integrarlos en procesos eficientes.

El día a día refleja esta transformación. Un mismo profesional puede pasar de analizar una cláusula contractual a revisar el funcionamiento de un sistema automatizado de clasificación de documentos, o a participar en una reunión con equipos de tecnología y negocio para definir cómo incorporar una herramienta de inteligencia artificial en un flujo de trabajo. La transversalidad ya no es una excepción, es la norma.

En paralelo, la IA generativa ha cambiado el acceso al conocimiento jurídico. Herramientas capaces de redactar, resumir o analizar grandes volúmenes de información en segundos están redefiniendo la eficiencia. Pero también han puesto sobre la mesa nuevos riesgos: alucinaciones, falta de fiabilidad, sesgos o problemas de confidencialidad. Aquí es donde el papel del abogado se vuelve crítico. No se trata de aceptar el resultado, sino de validarlo, contextualizarlo y asumir la responsabilidad final.

Por eso, uno de los conceptos clave en esta nueva etapa es el de human on the loop. Es decir, un modelo en el que la tecnología actúa, pero bajo una supervisión humana estratégica. No es necesario intervenir en cada paso, pero sí diseñar mecanismos de control, validación y responsabilidad. Este enfoque conecta directamente con las exigencias regulatorias y con la necesidad de generar confianza
en clientes y organizaciones.

En cuanto a habilidades, el cambio es igualmente relevante. A las competencias jurídicas tradicionales se suman otras como la gestión de datos, la comprensión básica de modelos tecnológicos, la capacidad de trabajar en entornos multidisciplinares o la orientación a procesos. Saber cómo fluye el trabajo dentro de una organización, desde la entrada de una solicitud hasta la entrega de un resultado, es tan importante como conocer el contenido jurídico en sí.

También cobra especial importancia la comunicación. En un entorno donde las decisiones jurídicas impactan directamente en el negocio y la tecnología, saber explicar de forma clara y estructurada se convierte en una herramienta estratégica. No basta con tener razón desde el punto de vista legal; es necesario que esa razón sea entendida, aplicable y alineada con los objetivos de la organización.

Otro aprendizaje relevante es que el entorno en el que empiezas influye profundamente en cómo desarrollas estas capacidades. Trabajar en equipos donde exista una cultura de innovación, donde se integren herramientas tecnológicas y donde se fomente la colaboración con otras áreas acelera significativamente el aprendizaje. La exposición a proyectos de transformación, aunque inicialmente generen incertidumbre, suele marcar un antes y un después.

A largo plazo, todo esto redefine también la idea de carrera. Ya no se trata solo de especializarse en una rama del derecho, sino de posicionarse en la intersección entre conocimiento jurídico, tecnología y negocio. Perfiles capaces de traducir entre estos mundos son cada vez más valiosos, porque aportan algo difícil de automatizar: contexto, criterio y capacidad de decisión.

Para quien empieza hoy, esto puede parecer exigente. Y lo es. Pero también es una ventaja sustancial. Significa que tienes la oportunidad de construir desde el inicio un perfil más completo, más adaptable y alineado con la dirección hacia dónde va la profesión. No necesitas dominarlo todo desde el primer día, pero sí mantener una actitud abierta, curiosa y dispuesta a aprender de forma continua.

Al final, la abogacía sigue teniendo el mismo núcleo: interpretar, decidir y asumir responsabilidad. Lo que cambia es el contexto en el que ocurre. Y en ese nuevo contexto, quienes sepan integrar derecho y tecnología no solo se adaptarán mejor, sino que contribuirán a definir cómo será la profesión en los próximos años.

Porque el futuro del derecho no se limita a aplicarlo, también se construye.

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