Conecta con nosotros

CURIOSIDADES

La inteligencia artificial: habilidad imprescindible para Estudiantes

Publicado

en

Iman Simon Kilani. Estudiante en Universitat de València

Mi primera experiencia con la inteligencia artificial durante la carrera fue menos emocionante de lo esperado. Un profesor nos animó a experimentar con ella para organizar algunas ideas, tratar de buscar jurisprudencia y agilizar tareas repetitivas. Semanas después, en otra asignatura, se nos advirtió de manera rotunda de que “cualquier indicio de uso de IA en un trabajo sería motivo de suspenso”. Dos mensajes en direcciones distintas, en el mismo curso y en la misma sala. Si estudias Derecho, probablemente también hayas sentido esa especie de “úsala, pero no tanto”, “conócela, pero no aquí”, “te la pedirán, pero ahora no es el momento”.

Y, sin embargo, pasados unos años me doy cuenta de que esta contradicción no era un capricho. Lo que vivimos en las facultades es, en realidad, el reflejo de un Derecho que avanza hacia la tecnología sin freno, pero que aún hace un esfuerzo por proteger el valor del razonamiento humano. El resultado? Un uso lleno de matices, relativo. 

Obliga a aprender no solo la herramienta, sino esencialmente el contexto en el que se emplea.

Únete a la comunidad. Recibe contenido en tu email

Más de 20.000 suscriptores

Por favor, activa JavaScript en tu navegador para completar este formulario.
Paso 1 de 2

Quizá ahí —y aquí va la complejidad— esté lo más abstracto de todo: aprender a convivir con herramientas que dependen del caso concreto.

El mundo jurídico real espera que sepamos usar IA

Es importante mirar primero hacia fuera, al terreno profesional en el que trabajaremos en unos años. Allí, la inteligencia artificial no es un experimento ni una tendencia pasajera: es una pieza integrada en el trabajo diario.

En España, los despachos utilizan IA para revisar contratos en operaciones complejas, analizar riesgos legales, filtrar enormes volúmenes de documentos o detectar patrones en litigios. La Administración de Justicia emplea sistemas de anonimización automática; la Agencia Tributaria, modelos predictivos para detectar anomalías; y la Fiscalía? Herramientas para encontrar conexiones en ciberdelitos.

Siento decir esto, pero en el mundo profesional no nos esperan. Ya se da por hecho que sabremos manejar estas herramientas comprendiendo sus límites y supervisando sus resultados. Igual que nadie se planteaba si un jurista debe saber consultar bases de datos, pronto nadie dudará de que debe saber trabajar con IA.

Y, aun así, en la vida académica su uso es más relativo que absoluto

Aquí es donde las cosas se vuelven interesantes. En clase, nada es tan claro ni lineal. Un profesor nos anima a utilizar la IA para organizar información; otro afirma que no llegaremos a ningún lado si hacemos uso de inteligencia artificial ; un tercero permite utilizarla para preparar nuestros trabajos pero no para resolver casos prácticos.

Nos encontramos en medio de un equilibrio delicado, donde nos vemos obligados a hacer malabares con ChatGPT y manuales físicos de toda la vida.

Ahora bien, este “uso relativo” no es solo una limitación: es también un empuje a desarrollar criterio. A decidir cuándo la IA aporta valor y cuándo interfiere. A diferenciar entre apoyo y dependencia. A entender que la herramienta puede acelerar procesos, pero no va a ir a juicio por nosotros, o eso queremos pensar por ahora.

En este punto cabe resaltar la advertencia de Richard Susskind:

“No es que las máquinas vayan a reemplazar a los abogados; son los abogados que sepan trabajar con máquinas quienes reemplazarán a los que no lo hagan.”

 

La IA no sustituye el razonamiento jurídico; lo ordena.

Los avances que hemos visto hasta ahora nos llevan a la misma conclusión: Quien usa IA sin criterio no aprende más rápido; aprende peor. De igual manera, quien la integra con responsabilidad, se permite dedicar más tiempo a la profundidad de la labor, y menos a tareas mecánicas.

En ese sentido, la IA no resta rigor: precisamente lo concentra donde realmente importa y nos diferencia. Nos recuerda que el Derecho sigue siendo, en esencia, una actividad humana. Ya hemos visto que las decisiones más importantes no dependen tan solo de encontrar el artículo correcto, sino de comprender a las personas involucradas, sus conflictos, sus motivaciones. Sí, la IA puede señalar patrones, pero no puede percibir la incertidumbre de un cliente, la tensión de una negociación o la sutileza de un argumento emocional en sala.

Ahí está la diferencia en algo que, a veces, damos por sentado: la empatía y la intuición como herramientas jurídicas. Cuanto más potente es la tecnología que implementamos, más valioso se vuelve nuestro juicio, nuestra capacidad de escuchar sin repetir, sino empatizar.

Conclusión: una herramienta poderosa, un talento insustituible

La inteligencia artificial seguirá avanzando, y mutará a algo mucho más complejo de lo que conocemos. Y solo será ahí, cuando su valor esté en manos de quien la domine. El talento jurídico real —el que razona, el que interpreta— no puede automatizarse.

Por eso no es contradictorio que la universidad ponga límites ni que la profesión los difumine. Es parte de un proceso de transición. Lo importante no será memorizar cuándo “sí” y cuándo “no”. Lo importante será aprender a decidirlo con criterio.

 

Artículos relacionados

Últimas entradas

Escribe tu opinión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.