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CURIOSIDADES

Cómo aprovechar un programa de mentoring

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Paula Mastral, estudiante del Máster Universitario en el Ejercicio de la Abogacía y la Procura en la UNIR, especializada en Derecho de los Negocios, Arbitraje y ADR.

Si vas a leer este artículo, probablemente ya sabes que un programa de mentoring puede ayudarte.

Cuando me apunté a mi primer programa de mentoring tenía bastante claro lo que buscaba: alguien con más experiencia, que ya hubiera pasado por decisiones parecidas a las mías y con quien contrastar opciones. Con las sesiones fui descubriendo matices que nadie me había contado. Hoy, habiendo pasado por los dos banquillos —como mentee y como mentora— veo con más nitidez qué marca la diferencia y qué no. En un sector donde el ruido no para de crecer —cursos, charlas, herramientas que prometen respuestas para todo— una conversación clara, unificada y con foco de tú a tú, vale más de lo que parece.

La pregunta es, ¿cómo sacarle el máximo partido?

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Antes de empezar: ponle nombre a lo que buscas

Antes incluso de conocer a tu mentor conviene hacer un ejercicio introspectivo. No en abstracto —“quiero mejorar profesionalmente”—, sino con precisión: ¿para qué lo quiero?

A veces la duda es muy concreta: elegir entre despacho e in-house, decidir la rama del derecho que más te interesa, preparar un proceso de selección o explorar una salida internacional. Otras veces no hay una pregunta tan cerrada, sino una sensación de fondo: que algo no termina de encajar, que avanzas por inercia o que necesitas una perspectiva externa para ordenar el momento en el que estás.

En la mayoría de los programas hay una fase previa en la que intentan emparejarte con alguien afín a tu perfil. Para eso usan formularios donde explicas la etapa en la que te encuentras y qué esperas. Pero para que ese match tenga sentido, también hace falta que tú aportes ciertas coordenadas.

A mí me parece útil llegar con cuatro ideas claras:

  • Cuál es tu objetivo No da tiempo a abarcarlo todo.
  • Qué te gustaría que hubiera cambiado dentro de unos meses.
  • Cuánto tiempo real puedes dedicarle al proceso. No el ideal, el real.
  • Qué tipo de acompañamiento necesitas

Esa mínima reflexión cambia por completo el tipo de conversaciones que vas a tener, facilita el matching y da a tu mentor un mapa bastante útil desde el principio.

La primera sesión es una vía de doble sentido

La primera reunión no es solo una toma de contacto. Es el momento en el que ambos comprobáis si podéis construir una relación útil, cómoda y bien enfocada.

Por eso merece la pena prepararla. Investiga la trayectoria de tu mentor más allá de LinkedIn: no para llegar con un interrogatorio, sino para entender a quién tienes delante y por qué su recorrido puede aportarte algo a ti, precisamente ahora.

También conviene llevar pensada una presentación breve: quién eres, en qué punto estás y qué cuestiones quieres poner sobre la mesa. Orientar la conversación desde el principio, y de paso practicar ese elevator pitch que siempre viene bien.

Y hay algo que a veces se pasa por alto: tú también estás conociendo a esa persona. Pregúntale por su trayectoria, por lo que le llevó a participar en el programa o por el tipo de perfiles con los que siente que puede aportar más. Escuchar cómo alguien cuenta su propio recorrido dice más que cualquier perfil impecablemente redactado.

Junto a eso, conviene dejar resuelta la parte práctica: frecuencia de sesiones, disponibilidad real y expectativas de cada uno. Cuando el marco está claro desde el principio, todo lo demás fluye mejor.

El mentor no es tu hada madrina

Uno de los errores más comunes es pensar que el mentor viene a resolverte el camino con un plan estructurado. Generalmente, no es así.

El mentee es la parte activa de la ecuación. El mentor aporta experiencia, criterio y, muchas veces, las preguntas adecuadas. Pero moverse, probar, decidir, equivocarse y regresar con material real sobre el que trabajar: eso es tuyo. Entre los dos vais construyendo una hoja de ruta.

Quienes aprovechan bien el proceso llegan con dudas concretas, piden feedback de verdad y cuentan qué han intentado desde la última vez. Quienes no, esperan. El resultado depende en gran medida de cuánto te impliques. Tienes que responsabilizarte del proceso.

Y lo valioso está en que lo hablado en la sesión se materialice: en cómo preparas una entrevista, cómo enfocas una conversación incómoda con un socio, cómo decides si especializarte, cambiar de entorno o dar un paso que te da vértigo.

Ahí es donde empieza a ser útil de verdad.

Cómo hacer que cada sesión cuente

La sesión de mentoring no se improvisa. No hace falta preparar un informe. Pero sí conviene llegar con algo pensado:

  • qué avances ha habido desde la última sesión,
  • qué bloqueo sigue ahí, y
  • qué decisión concreta tienes ahora encima de la mesa.

Los programas suelen tener un ritmo cerrado, entre seis y doce meses. Cada encuentro cuenta, y mucho.

Durante la conversación, toma notas: consejos prácticos, frases que incomodan, lecturas, contactos… Y practica la escucha activa, que también es un músculo profesional.

Cierra cada encuentro con uno o dos compromisos concretos y con fecha. Porque, sin fecha, las intenciones se quedan en intenciones.

Llevar un registro sencillo –fecha, temas tratados, ideas clave y siguientes pasos – te permite hacer un seguimiento, ordenar ideas, ver la evolución y recuperar el hilo rápido.

La confianza se construye con constancia y pequeños gestos: puntualidad, avisar si no puedes cumplir con lo que te habías comprometido, organización, seguimiento.

No parece revolucionario, pero es lo que hace que la relación funcione.

Recuerda que una carrera en el sector jurídico –como la vida misma– es una carrera de fondo donde el mentoring es una herramienta más para la consecución de una meta. Aprovéchalo.

 

 

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