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CURIOSIDADES

De la teoría a la práctica, el primer encuentro con un escrito en blanco

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María Orduña. Estudiante de Derecho en la Universidad de Valladolid

La emoción de los comienzos.

Aquel uno de julio, se abría ante mí el primer reto profesional dentro del mundo de la abogacía: el primer día de las prácticas curriculares. Esa mañana, el conglomerado de sentimientos encontrados iba tomando forma conforme mis pasos avanzaban hacia el despacho. ¿Cómo sería? ¿Sería válida para ello? ¿Tendría errores? ¿Me equivocaría? No podía parar de imaginar posibles escenarios en mi cabeza, con un denominador común: el miedo. Ese miedo a que la teoría fuera insuficiente para poder afrontar con éxito lo que se esperaba de mí.

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Y si, el miedo se confirmó cuando tuve que enfrentar por primera vez la responsabilidad de realizar un escrito. Un escrito por una parte de lo más normal en el día a día de un profesional de la abogacía, pero que para mí entrañaba una serie de riesgos que, según temía, podrían dejar al descubierto una supuesta “falta de formación”.

En este punto pude comprobar que las preocupaciones por la excelencia académica pasaban a un segundo plano, puesto que la media del momento no influía apenas en mi desconocimiento a la hora de hacer el recurso que estaba encima de mi mesa.

Había pasado tres años aprendiendo el derecho en el plano teórico, pero en ningún momento había tenido la oportunidad de aprender cómo se hacen los escritos, cómo se utilizan las plataformas electrónicas de comunicación con el juzgado; en definitiva, no tenía conocimiento alguno del funcionamiento de esta profesión en el plano práctico.

Fue entonces cuando me planté, y diseñé una forma de proceder que bauticé posteriormente como “El método del triple abandono”.

Llegado ese momento, tenía que poner toda la carne en el asador para conseguir realizar esos escritos (entre otras tareas encargadas), pero sabía que iba a tener errores; y después de meditarlo a fondo, fui consciente de que en ese proceso de aprendizaje tenía que dejar a un lado tres cosas muy importantes: el miedo al juicio, el miedo a la comparación y el autosabotaje.

El método del triple abandono.

Bauticé de esta forma la que sería mi manera de funcionar, mi arma más poderosa para poder llevar a cabo esas tareas nuevas de la mejor manera posible.

Lo primero era abandonar el miedo al juicio. En mi opinión, es muy importante tener presente que, pese al miedo a las primeras veces, las personas que te acompañan en el camino son un impulso, y no un obstáculo para juzgarte y recordarte que no sabes hacerlo. Los tutores de prácticas son un maravilloso apoyo y sitio de confort en esos momentos que pueden parecer tan complicados. Por supuesto que ellos saben que no tienes los conocimientos suficientes para rellenar ese escrito como lo haría un profesional en activo, y son ellos los encargados de dejar que te equivoques para corregirte desde la comprensión, e impulsarte con sabios consejos para poder hacerlo lo mejor posible.

Para que puedan enseñarte, esa equivocación tan vergonzosa es necesaria. El momento de entrar al despacho del tutor con un escrito que no está bien, y sonrojado de la vergüenza, es el motor para comenzar a aprender de verdad.

Es ahí cuando comienza el viaje más valioso: convertir la frustración en ganas constantes de mejorar.

El segundo elemento que se tiene que dejar en la puerta del despacho es el miedo a la comparación. Cada estudiante de derecho es un mundo, y cada cual tiene una serie de virtudes y defectos que lo diferencian del resto.

Es necesario ponerse delante del espejo y preguntarse a uno mismo cuál son los puntos fuertes que te diferencian sustancialmente de los demás a la hora de enfrentarte a las situaciones desconocidas, porque en el camino del aprendizaje práctico es lo que, en mi opinión, más ventajas puede dar.

Es lo que más ventajas da puesto que el escenario diario de unas prácticas es la toma de contacto con situaciones que hasta el momento eran desconocidas. Ser consciente de cuál son las limitaciones prácticas del momento, pero a la vez ser consciente de cuáles son los ámbitos donde más destacas a la hora de enfrentarte a cosas nuevas, es un método poderoso; pues permite analizarlas y potenciarlas para paliar esa vergüenza de los nuevos comienzos.

Si no se te da bien hacer un escrito porque nadie te enseñó, en el camino del aprendizaje te dedicas a potenciar todo aquello que sí sabes hacer bien, para poder convertir un camino complicado en una oportunidad de demostrar.

La experiencia termina con un abandono del autosabotaje. Muchas veces cuando algo es desconocido, la mente tiende a sabotear. Sin embargo, dejar paso a algo así podría convertir este camino del jurista en algo muy amargo.

El jurista hace una tarea muy importante en esta etapa de su formación: el diálogo interno. Antes de ser el mejor abogado, antes de ser el mejor en el diálogo en sala, es necesario realizar un diálogo interno en este punto de la carrera académica. La idea es ser capaz de dialogar contigo mismo y desmontar todos los pensamientos negativos que pasan en ese momento por tu cabeza; ser capaz de bajar los pies a la tierra, y ser consciente de que no saber cómo se hace un escrito, no significa que no vayas a poder ser un excelente jurista.

Ese diálogo interno es el que da la victoria, y la semilla de lo que algún día será una excelente defensa en sala.

Así fue como estructuré el camino que me llevaría del miedo a la seguridad, y de la seguridad a las ganas de impulsar, ganas de aprender y ganas de mejorar cada día. Algo que sin duda pondré en práctica en los meses que quedan de carrera, y en el resto de mi vida profesional.

Soy María Orduña Medialdea, y así fue como transformé un miedo al fracaso en un motor de crecimiento profesional.

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